viernes, 7 de febrero de 2014

White Sweater

     -¡¿Que crees que está haciendo?! ¡alto ahí! -

Florence ignoró al policía detrás de ella y ajusto de nuevo entre sus brazos el delicado paquete que cargaba. No era fácil correr y cargar aquello sin lastimarlo.

   "Mierda, mierda, mierda" - pensó apretando los dientes, no estaba asustada, todo lo contrario, faltaba poco para que se echara a reír de la divertida que se estaba dando, aún así no quería pasar un tiempo en prisión - "¿Qué estabas pensando? Idiota ¿cómo no viste al guardia?

    Florence se había metido en la fabrica de shampoos a medía noche, parecía un ladrón de verdad. Suéter de cuello de tortuga negro, gorro de frió negro, guantes negros y por supuesto un antifaz de ladrón que había comprado en una tienda de disfraces. Cuando logró entrar sin mucho problema pensó que sería pan comido, pero cuando se tropezó con un tubo en el suelo, llamó la atención del guardia que hasta el momento había estado dormido y oculto entre las sombras.
   Entonces todo se fue al traste.

   Vivía a pocas cuadras del enorme y elegante edificio y le calaba los huesos cada vez que veía pasar el camión que transportaba a los animales para probar los químicos en ellos. El transporte iba camuflado de un adorable color perla y el típico dibujo del mechón de pelo perfecto logrado solamente después de horas de fotoshop. Pasaba desfilando por las calles, orgulloso de lo que contenía, viéndole la cara de idiotas a todos.
     Y esa noche se había decidido a no seguir cruzándose de brazos.



Había entrado al área donde tenían a los pobres animales guardados. No pudo tomar todos, ni mucho menos. Soló llevaba una caja de leche con una felposa manta donde había colocado a todos los cachorros (gatos y perros) no importaba, estaban demasiado chicos para causar ningún problema. Por fortuna no había muchos.

       Usaban a los cachorros para probar los shampoos que se usaban exactamente en eso, en los bebés. Muchos morían por infecciones, se les caía el pelo y luego, si tenían la suerte de morir antes de comenzar a vivir, los aventaban a la calle como si fueran basura, sellando su destino a una vida de sufrimiento y odio por parte de niños estúpidos que los metían en cajas con fuegos pirotécnicos, carros y demás monstruosidades que no eran castigadas.

     7 gatitos y 5 cachorros. Se amontonaban unos sobre otros y se tambaleaban por culpa de la carrera.

      - ¡He dicho alto! - el policía volvió a gritar. Florence sintió un calambre en la espalda cuando se le cruzo por la cabeza la idea de que el hombre sacara una pistola.

      Comenzaba a faltarle el aire.

     - ¡Joder, déjeme en paz! - grito ella mirando levemente sobre el hombro.

  Cuando volvió la vista de nuevo al frente, Florence encontró su boleto de salida. Había unos garrafones de agua a su izquierda, apilados unos sobre otros en un enorme mueble color rojo.

     Se detuvo, apretando los dientes y con mucho esfuerzo, tiró el enorme mueble. La repisa se inclino, los garrafones se deslizaron fuera de sus lugares.

      -¡No! - el poli se detuvo en seco pará que no le cayeran encima. Todo se estrelló en el suelo con un estruendo ensordecedor. Los garrafones se reventaron, dejando escapar el agua, la repisa azotó en el suelo y Florence no perdió tiempo y siguió corriendo.
      Salió por una ventana que habían dejado abierta y luego la cerró. Subió a su carro, colocó la carga en el asiento del copiloto y arranco.


      Casi no durmió. Los cachorros lloraron por la noche y ella se la paso en vela dándoles la leche artificial que había comprado desde una mamila. Sin darse cuenta se había quedado dormida sentada en el suelo y con la espalda recargada en la pared.
 
      Despertó con cada músculo entumido y con la pierna derecha tan dormida que no pudo moverla sin sentir un calambre que le recorrió toda la extremidad. Tenía uno de los gatitos entre el cuello y el hombro, tres cachorros amontonados entre sus piernas dos gatos en el suelo al lado de su cadera y en una esquina de la habitación estaban los dos cachorros y 4 gatitos que faltaban dormidos todos juntos.
    Se quito con cuidado al que tenía en el cuello y con mucha lentitud se levanto quitándose de encima a los tres perritos de las piernas.

   Se metió a la ducha y cuando salió observo complacida que las ojeras no eran tan grandes como imaginaba.
      Fue a la cocina por café. Saco la cafetera, el filtro, su taza y la leche que usaba siempre y abrió el enorme bote de café. Su enojo fue tal que de no ser por estar agotada hubiese hecho una rabieta cuando encontró el bote de café vació.

         "Fantástico, ahora tengo que bajar por uno"

Se vistio con lo primero que encontró, que era la ropa que estaba usando ayer antes de ponerse su disfraz de criminal: Un suéter blanco y abrigado con las mangas demasiado largas y unos pantalones color menta con unas ballerinas color crema.
     Se cepilló los dientes y el cabello y medio rezongando y atrasando los pies, tomo su bolsa y las llaves y salió de su apartamento.

     Agradeció que no había mucha gente. El lugar estaba en total calma, la música era suave y la gente hablaba en un todo de voz calculado, tratando de no romper el momento de tranquilidad. incluso la máquina parecía ser mas gentil al servir.
      Se sentó unos momentos dándole pequeños sorbos a su cafe. Lo de ayer había sido una locura y todavía no le entraba en la cabeza como se las había ingeniado para escapar.

     Pobre poli. Seguro y lo despedían.

Se levanto de su asiento y salió del lugar. Se terminaria el café en casa y después de poner orden al lugar y a los cachorros iría a comprar otro bote de café para su alacena.

Mientras salía sostuvo el cafe en una mano mientras que abría su bolsa para buscar las llaves.
   Estaba sacando las llaves de la bolsa cuando alguien choco contra ella, el golpe hizo que los dedos aflojaran el llavero y este callera en una alcantarilla, además le tiro todo el café encima. Primero se preocupo por la temperatura del liquido, pero de inmediato aquella preocupación se vio eclipsada por el hecho de que su suéter era blanco, ¡BLANCO! esa mancha no se le quitaría jamás.

       - ¡Perdóneme! - dijo el hombre colocando sus manos por todas partes tratando de evitar que Florence calléra o en un intento de arreglar lo que no tenía solución.

    A pesar de que el tono del hombre era de verdad de angustia, Florence estaba cansada, sucia, su suéter favorito estropeado y doce niños a quien cuidar. Eso no fue una buena combinación.

      - ¡¿Está usted ciego?! ¡debe ser alguna clase de imbécil muy especial para no haberme visto!

 Florence seguía con la mirada clavada en suéter y lo sacudia o le pegaba para quitarle todo el liquido superficial. Alzó la mirada encendida por la situación y gracias a su estado de humor no se atraganto.
 
       - No tiene por que hablarme así - le respondió alzando la voz, pero sin llegar a gritar. El hombre tampoco tenía buen aspecto, los ojos estaban adornados por unas ojeras más notorias que las de ella, el cabello revuelto por haber pasado una mala noche; y aún así se las apañaba para ser bastante atractivo. El cabello almendrado y con un color de ojos que se debatía entre el azul y el verde le daba bastantes puntos a su favor.
 
      - No me importa - dijo ella y lanzó el vaso vació al suelo, el cartón reboto en silencio una vez y luego rodó un poco - mis llaves se cayeron a la alcantarilla ¿¡ahora como regreso a casa, he!? No se si lo sabía, pero los malditos carros no encienden sin llaves ¡y las puertas de los departamentos no se abren solas!

    El hombre ahora también estaba furioso.

       - ¡¿Sabe que?! No me importa, es más, me parece perfecto, por que yo ¡no la ayudare! - dicho esto la paso de largo y se metió a la tienda. No se habían dado cuenta de que toda la cuadra los estaba viendo.

    Florence también los volteo a ver.

        - ¿¡Qué miran he?! - todos los que hasta ese momento tenían los ojos clavados en la escena, parpadearon ofendidos, pero desviaron las miradas y continuaron con lo que estaban haciendo - si eso pensé.
     Volteo a ver su carro, aparcado a unos metros de distancia. El camino desde su edificio hasta ahí en carro era de cinco minutos, una cosa de nada, pero sin su preciado medio de transporte seguramente le llevaría más de media hora llegar. Afortunadamente tenía llaves de emergencia enterradas en una maceta.
     
     Se puso en marcha mientras proliferaba una serie de maldiciones entre dientes y apretaba los puños.

  Alex entro a la tienda con una rabia tan poderosa que seguramente la gente podía ver su aura crispada. Se sentó, sin saberlo, exactamente en el mismo lugar que había ocupado Florence y ordeno un cafe amargo con tono lacónico.  El hombre detrás del mostrador era definitivamente de los que bateaban hacía el otro lado y en ningún momento aparto la desaprobadora mirada de Alex, que cada vez hacía mas esfuerzos por ignorarla.
     Fue un suspiro sobreactuado del empleado mientras escribia su nombre en el baso de cartón, lo que lo saco de las casillas.

    - ¿Tienes algún problema? - pregunto tratando de no explotar de nuevo.

Había tenido una mala noche, bastante mala de echo. Fue de puro milagro que no lo despidieran.
 Había estado toda la noche dormido en una silla hasta que tuvo el incidente y luego fue cagoteado una hora en la estación de policía y ahora le había tirado todo el café encima a una chica que de no ser por su humor y su vocabulario, o simplemente por encontrarse en condiciones distintas, no habría podido dejar de verla.

     - ¡Ay! ¿yo? - le respondió el empleado aun con el vaso en la mano y con el típico tono de voz que los distinguía - no, no.

    Extendió el brazo y dejo el café frente a él.

    - Pero - añadió el hombre - yo creo que la chica de afuera si los esta teniendo - Alex lo fulmino con la mirada - solo digo, pobrecita, tiene pinta de que va a llover.

   El mesero se dio la media vuelta y fue a atender a otro cliente. Alex se quedo con el vaso apretado entre las manos. Le dio un gran trago que habría hecho a muchos retorcerse por el sabor, pero a el no le afecto en lo mas mínimo.

      - Todo por un maldito café - dijo entre dientes mientras se ponía de pie y sacaba las llaves de su abrigo. Salió de la tienda y se apresuro a poner el carro en marcha.

 
     SIGUIENTE PARTE
   
   

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